dijous, 10 de juny de 2010

Esos viejos cascarrabias

No le sacaba ni tres palmos al suelo cuando aquella mujer cogía con fuerza una pequeña e inocente mano de niña, de niña feliz que paseaba alegremente con su abuela. No le sacaba ni tres palmos al suelo cuando aquella mujer me cogía la mano. Mientras una bandada de pájaros sobrevolaba nuestras cabezas, ese viejo trozo de carne arrugada y lánguida que era la mano de mi abuela me proporcionaba la seguridad que todo niño necesita para hacer frente a las temibles aventuras y desventuras que la calle pone ante él.

Conforme fue aumentando la distancia entre mi coronilla y la tierra que pisaba, la mano de mi abuela también fue envejeciendo. No obstante, su piel continuaba siendo tan o más reconfortante que antaño. Permanecerá en mi mente siempre el recuerdo de aquellas largas noches en las que, de puntillas y haciendo el menor ruido posible, iba desde mi fría y solitaria cama hasta el cálido colchón de aquella mujer, lugar en el que me esperaban historias y más historias sobre rojos encarcelados, sobre vacas que no se dejaban ordeñar y sobre alubias que subían sin bajar. Y así, escuchando con toda la atención que una niña puede prestar y riendo con los cuentos y anécdotas de una vieja cascarrabias, permanecía hasta que el sopor se adueñaba de mis párpados, sumiéndolos en el más dulce y placentero de los sueños, tranquilos en el regazo de una abuela que profesaba tanto amor como le era posible a una niña que, a pesar de pertenecer a una generación muy posterior a la suya, la comprendía como si de otra abuela se tratara. Tal vez esa niña siempre haya tenido una pequeña porción de su cerebro arrugada y lánguida, como la piel de los viejos, y es por eso por lo que se estableció esa conexión tan fuerte e inquebrantable entre nieta y abuela. Tal vez no, quizá meramente se querían.

Se fueron sucediendo las noches y los días, los meses y finalmente los años, pero ella nunca se cansó de repartir amor y energía a los suyos. Incluso cuando ya no le quedaban fuerzas que proporcionarse a ella misma, tenía un gesto amable y una sonrisa para todo aquel que a ella se dirigía. De este modo, la llama que tanto había luchado y sufrido por mantener deslumbrante a lo largo de toda su existencia, se fue apagando hasta que un día, cuando ya era inasequible encontrar más cerillas con las que avivarla, la llama se trocó y su arrugada y lánguida tez pasó a descomponerse en moléculas que probablemente ya hayan sido comidas por felices y diminutas lombrices, para terminar desembocando en la fértil tierra y en multitud de flores de colores que perfuman el mundo sin ningún ánimo de lucro. El ciclo de la vida, seremos eternamente naturaleza viva.

Su piel se fue, pero ella siempre permanecerá conmigo. De algún extraño e inexplicable modo mi abuela vive en mi interior. Nunca morirán, por lo tanto, aquellas personas cuyo amor y energía quede en los corazones de los que todavía respiran. Vivir es ser recordado, vivir es ser querido. La vida animal como algo que se nutre, se relaciona y se reproduce es algo tan efímero e insignificante que no merece mi valoración. La vida del espíritu es, al fin y al cabo, lo que quedará en la Tierra.

Todo esto me lleva a una cruda reflexión de la que tan sólo consigo sacar en claro que nada es para siempre y que, probablemente, aquello que menos intentemos retener a nuestro lado a la fuerza será lo que más perviva y lo que más sobreviva al paso del tiempo junto a nosotros. La piel de mi abuela se esfumó, pero nunca lo hará su recuerdo. Y lo mismo ocurre en otros aspectos de la vida: lo único que sabemos con certeza es que existimos y que algún día dejaremos de hacerlo, todo lo demás viene y va; el amor, la amistad… todo conceptos abstractos que, sin embargo, son más fuertes que el más preciso de los términos.

La razón y los sentimientos humanos están continuamente sumidos en una profunda contradicción: siento y quiero pero pienso y no debo. ¿Quiero y no puedo o puedo y no quiero realmente? ¡Y yo qué sé!

Se me ha ido completamente el hilo, ya no sé ni si quiera sobre qué estoy escribiendo, sólo sé que dejo incrustada en este mísero cuaderno la azul tinta de mi bolígrafo, una tinta que ha sido capaz de plasmar, desde que mi pequeña mano de niña escribió sus primeras líneas, todo lo que en mi interior se acaece como no lo ha sabido hacer nunca mi voz.


2 comentaris:

  1. Vivir es ser recordado, vivir es ser querido...
    Tienes muchísima razón... me gusta mucho esta publicación, me trae muchos recuerdos todo lo que dices...

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  2. :) siempre serán buenos recuerdos!

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